
Existe una característica común en el desarrollo, o más correctamente en la degeneración, de la modernas organizaciones sindicales en todo el mundo; a saber, su relación estrecha y su crecimiento junto al poder estatal. Este proceso es característico en la misma proporción en los
sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y "anarquistas".
El capitalismo monopolista no se basa en la competencia ni en la iniciativa privada libre, sino en el control centralizado. Las camarillas capitalistas que están a la cabeza de los poderosos trusts, carteles, consorcios financieros, etcétera, ven la vida económica desde las mismas alturas en que lo hace el poder estatal; y para cada paso que dan requieren la colaboración de este último.
A su vez, los sindicatos en las ramas más importantes de la industria, se encuentran desprovistos de la posibilidad de aprovecharse de la competencia entre las diferentes empresas. Se ven obligados a enfrentarse a un adversario capitalista centralizado e íntimamente ligado con el poder del estado.
A los ojos de la burocracia del movimiento sindical la tarea principal
reside en "liberar" al Estado de la influencia del capitalismo, en
debilitar su dependencia de los trusts y en atraerlo a su lado.
Esta posición está en completa armonía con la posición social de la
aristocracia y de las burocracias obreras, que luchan por una migaja en la
repartición de los superbeneficios del capitalismo imperialista.
Los burócratas obreros hacen lo imposible, tanto en palabras como en
hechos, para demostrar al Estado "democrático" cuán indispensables y
dignos de confianza son en tiempos de paz y especialmente en tiempos de
guerra. Al transformar a los sindicatos en órganos del Estado, el fascismo
no inventa nada nuevo, lleva simplemente a su última consecuencia las
tendencias inherentes al imperialismo.
Los países coloniales y semicoloniales no están bajo la influencia del
capitalismo nativo, sino del capitalismo extranjero. Este hecho, sin
embargo, no debilita, sino por el contrario refuerza la necesidad de los
lazos prácticos, diarios, directos, entre los magnates del capitalismo y
los gobiernos que, en esencia, están supeditados a esos magnates, o sea,
los gobiernos de los de los países coloniales y semicoloniales. En la
medida en que el capitalismo imperialista crea, tanto en las colonias como
en las semicolonias, una capa de aristocracia y burocracia obreras, estas
últimas requieren el apoyo de los gobiernos coloniales y semicoloniales y
semicoloniales en calidad de árbitros. Esto constituye la base social más
importante del carácter bonapartista y semibonapartista de los gobiernos
de las colonias y en general de los países atrasados. Esto asimismo
constituye la base para la dependencia de los sindicatos reformistas al
Estado.
En ausencia de democracia obrera no puede haber ninguna contienda libre
para influir sobre los miembros del sindicato. Y a causa de esto,
desaparece para los revolucionarios el campo principal de trabajo en los
sindicatos. Semejante posición sería, sin embargo, completamente falsa. No
podemos elegir el terreno y las condiciones para nuestra actividad de
acuerdo con nuestras simpatías o antipatías. Es infinitamente más difícil
luchar en un estado totalitario o semitotalitario que en una democracia,
para influir sobre las masas trabajadoras. Exactamente lo mismo se puede
decir decir de los sindicatos cuyo destino refleja el cambio que ha
sufrido el curso de los estados capitalistas.
En tanto que el papel principal en los países atrasados no lo desempeña el
capitalismo nacional sino el capitalismo extranjero, la burguesía del país
ocupa, en el sentido de su posición social, una posición insignificante y
en desproporción al desarrollo de la industria. Teniendo en cuenta que el
capital extranjero no importa obreros, sino que proletariza a la población
nativa, el proletariado del país comienza bien pronto a desempeñar el
papel mas importante en la vida del país. En esas condiciones el gobierno
nacional, en la medida en que procura resistir al capital extranjero está
obligado en mayor o menor grado a apoyarse en el proletariado. Por otra
parte los gobiernos de aquellos países atrasados que consideren inevitable
o más provechoso marchar hombro con hombro con el capital extranjero,
destruirán las organizaciones obreras e implantarán un régimen más o menos
totalitario.De este modo, la debilidad de la burguesía nacional, la
ausencia de tradiciones de gobierno en las pequeñas comunidades, la
presión del capitalismo extranjero y el crecimiento relativamente rápido
del proletariado, minan las bases de cualquier clase de régimen
democrático estable. Los gobiernos de los países atrasados, es decir,
coloniales y semicoloniales, asumen en todas partes un carácter
bonapartista o semibonapartista y difieren uno de otro en lo siguiente:
que algunos tratan de orientarse en una dirección democrática, buscando el
apoyo de los trabajadores y de los campesinos, mientras que otros
instauran una forma de gobierno cercana a la dictadura militar-policiaca.
Esto determina asimismo el destino de los sindicatos. Permanecen bajo la
custodia especial del Estado o son sometidos a una cruel persecución. El
tutelaje por parte del Estado está dictado por dos tareas que éste tiene
que afrontar: atraerse a la clase obrera a su lado, ganando así un apoyo
para la resistencia contra las pretensiones excesivas por parte del
imperialismo, y al mismo tiempo, disciplinar a los trabajadores a los
trabajadores poniéndolos bajo el control de una burocracia.
El capitalismo monopolista está cada vez menos ansiosos de ajustarse a la
independencia de los sindicatos. Exige de la burocracia reformista y de la
aristocracia obrera, que picotean las migajas de su mesa de banquete, que
se transformen en su policía política ante los ojos de la clase obrera. Si
esto no es logrado, la burocracia obrera es desalojada y reemplazada por
los fascistas.
El reformismo social debe transformarse en socioimperialismo para poder prolongar su existencia, pero sólo para prolongarla y nada más, pues en ese camino, en general, no existe ninguna salida.