
Julio Olaciregui | Prensa Latina
"Soy un viejo poeta anarquista que se apaga suavemente en la susurrante Ginebra", decía el escritor argentino Jorge Luis Borges hace 20 años.
El 14 de junio de 1986 Borges olvidaba el sabor del pan y decía adiós a la primavera disponiéndose a entrar en "la noche inmortal", con serenidad e ilusión al saber que sus obras completas serían editadas en la prestigiosa colección francesa de la Pleiade.
Tres semanas antes de expirar, Borges dictaba su último texto, el prefacio para ese Libro de los libros, salido de su pluma, que los hombres del porvenir "no dejarían morir".
"Mucho mejor que ganar el Nobel es estar en la Pleiade", dijo Borges al profesor Jean-Pierre Bernés, catedrático de la Sorbona, que preparaba en ese entonces con él los dos volúmenes, hoy en día agotados, publicados por la editorial Gallimard en 1993 y 1999.
El 19 de mayo de esa última primavera Borges susurró su último credo literario en español al profesor Bernés.
Bernés, Kodama y el escritor franco-argentino Héctor Bianciotti fueron las tres personas que estuvieron cerca de Borges en aquellos días. "Soy un viejo poeta anarquista que se apaga suavemente en la susurrante Ginebra", le diría en su lecho al profesor Bernés.
Durante sus estancias en París, el autor de El Aleph, que aprendió francés desde niño, y Bianciotti, quien dejó de escribir en español hace más de 25 años para convertirse en un autor parisiense, miembro de la Academia Francesa, paseaban conversando sobre literatura.
Mientras caminaban por el boulevard Saint-Germain, Bianciotti admiraba la memoria del maestro recitando versos de Mallarmé, Valery o Verlaine, o alguna frase en prosa de Montaigne o Flaubert.
"Borges sabía muchas cosas, pero a la hora de escribir hacía algo breve, pequeño, un poema o un cuento, porque era como si se los hubiese encontrado", dice Bianciotti.
Sabio y feliz
En París, Borges se hospedaba siempre en El Hotel, una posada chica cerca de Bellas Artes, donde también vivió y murió en 1900 Oscar Wilde. En la fachada ahora hay dos placas, una recordando al autor del Retrato de Dorian Grey y otra al de Fervor de Buenos Aires.
"En ese hotel, a las diez de la mañana, después del desayuno, Borges se prestaba de buena gana para conversar un rato, dos horas, o más, con quienes estuvieran allí, estudiantes y periodistas; era un ritual, la gente ya lo sabía y venían a oírlo hablar, eso le encantaba", recuerda.
Hablaba con precisión sobre lo que había sentido, sobre lo que había visto, pese a su ceguera, siempre dispuesto a convertir "el ultraje de los años en una música, en un rumor, en un símbolo", como dejó escrito en un poema.
"Nunca he dejado de estar en Francia, y estaré en Francia cuando, en alguna parte de Buenos Aires, la beneficiosa muerte me llame. No diré la noche y la luna, sino Verlaine. No diré cosmogonía, sino el nombre de Hugo, ni tampoco amistad, sino Montaigne", escribió Borges.
En Francia los cuentos filosóficos de Borges, que comenzó a ser traducido al francés poco antes de 1940, llamaron desde siempre la atención entre los escritores y pensadores, de Roger Caillois a Michel Foucault.
Para Borges, como dice en el prefacio a sus obras completas en francés, la literatura era siempre "secreta y cambiante, una serie infinita de impresiones sobre el lenguaje y la imaginación".
"En un poema o en un cuento el sentido importa poco; lo que importa es lo que crean en el espíritu del lector tales o cuales palabras dichas en tal orden o según tal cadencia", afirma.
Con su irónica modestia dice allí que nunca se propuso escribir "una obra, en el sentido en que lo entendían Flaubert sino escribir breves aventuras secretas".
No hay comentarios:
Publicar un comentario